Texto íntegro del Pregón de Iván Roa

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Os dejamos aquí el texto íntegro del pregón que ofreció ayer Iván Roa y por si lo preferís el enlace de descarga en PDF.

Descarga aquí el pregón de Iván Roa

A mi esposa, por estar en todo momento al lado de este pregonero. Sin ella

nada hubiese sido posible.

A mis padres, por todo el amor que me han regalado desde siempre.
A mi hermana, por sentirse siempre tan orgullosa de mis logros.

A mi familia de sangre.

A mi familia del mundo de la carga, por el apoyo incondicional que me
llevan demostrando desde que empecé a pregonar. Esto también es

vuestro.

A todos mis amigos cofrades que siempre han estado ahí.
A mi familia rociera, esos que recorren a mi lado el camino de la vida.
A todas y cada una de las Hermandades y Cofradías de nuestra ciudad.
A todas aquellas personas, que nunca han dudado de mí y han valorado mi

trabajo, haciéndome sentir querido y respetado.

A todas las víctimas de la maldita pandemia que nos está azotando de

forma cruel.

Hay que darse mucha prisa
que se viene el tiempo encima
y la ilusión ya se adivina
con tan solo una premisa;
aprovechemos la brisa,
saquemos los candelabros,
esos que van sobre el manto
bajo un palio de ilusión,
como si fuese un pregón
que enamora a los quebrantos.
Cojamos esos varales,
de la Alameda farolas
salpicadas por las olas
teniendo plata a raudales.
Doce certeros puñales
que se clavan en el alma
con más corazón que rabia,
soportando este momento
donde se agranda el tormento
reprimiendo las palabras.
Déjenme usar la escritura
“pa” tallar respiraderos
y rodear por entero
al paso de la hermosura.
Majestuosa galanura,
milenios de juventud,
la gracia la pones tú
con tus sencillos vaivenes.
Deja tallar a este orfebre
los bloques del “Campo el Sur”.
Sigo cosiendo las caídas
con rimas de contrapunto,
mientras vas haciendo surcos
con ese agua cristalina
que emana espuma salina
y baña las ilusiones.
“Mi” que bonitos faldones

que se bordan con las olas,
mientras rompen con las rocas
de la mar de mis amores.
Te rimo las bambalinas,
bordadas en puro oro,
sacadas como un tesoro
de todas nuestras esquinas.
Y luego de plata fina;
van los cubre maniguetas,
fundiendo “to” las veletas
que adornan el horizonte
de la ciudad que esconde
su belleza en cinco letras.
Del muelle cojo las cuerdas
“pa” fabricar los caireles
y así le damos el duende
al mesío de esta tierra,
ese mesío que encierra
la tradición que palpita
con ese son que musita
desde tiempos ancestrales
los compases celestiales
del mesío de la tacita.
Yo te cincelo la peana
de una roca en cortadura,
y del balcón de los cielos
te bajo la media luna.
Y como techo de palio
traigo una noche estrellada,
el sol al llegar la tarde
o el azul por las mañanas.
Las cuatro horquillas las saco
de un viejo recogedor,
como hacíamos de niño
soñando con ser cargador.

Es tu corona la viña,
la saya Santa María,
el cubre manto el pópulo
y la blonda la bahía.
El chalequillo; puntales,
las enaguas; cortadura
y es todo San Severiano;
el fajín en tu cintura.
El candelero; loreto
el tocado; la barriada
las mangas; cerro del moro
los puños; segunda aguada
los adornos te los cojo
de la plaza de las flores.
Gladiolos blancos, orquídeas
y rosas de mil colores.
Las joyas son el balón
los broches; el mentidero
y ya solo queda el manto
de trasmallo marinero.
Y “pa” acabar el montaje
de esta locura tan mía,
déjame fundir con fuego
toda tu candelería.
Una vela por tu gente,
por los cuerpos de policía
y otra va por el empleo
de toda nuestra bahía.
Otra va por los soldados,
Otra por los transportistas,
Otra por los sanitarios
por los que entregan sus vidas,
por todos los ingresados,
y por todas las cofradías
que siempre han ayudado
a todas esas familias
que lo hayan necesitado,

curándole las heridas
de todo lo soportado.
Aquí está montado el palio
“pa” la ciudad más bonita,
donde el sentimiento amargo
con la risa se desquita,
dispuesta a seguir soñando
con la semana bendita,
sumergida en el letargo
pero aún llena de vida.
Soñemos con un domingo,
que abre toditas las puertas
de las casas más cofrades
y nuestras puertas de tierra.
Cádiz se encuentra en su paso
preparada para la ocasión,
soñando con una semana
que acaba en resurrección.
Aquí abro con fuego
esta humilde cuartilla,
aquí lanzo un te quiero
a la ciudad más bonita,
mientras quemo romero
y el sentío se me quita
cuando te coges el pelo
para ponerte la mantilla.
Vivamos este sueño
hasta la última caricia,
esperanza de unos versos
al son de aquellas guajiras.
Yo me rompo por entero
el alma de mi camisa
y con este aire torero
que me dio la más divina,
me voy quitando el sombrero
y me saco las esquirlas
clavadas en el cuerpo
al soñar con las barquillas.

Este poema primero
te lo dejo de puntillas
arrancando sentimientos
quemando la mascarilla;
pregonando lo que siento
buscando la cercanía,
para encontrar vuestro aliento
con esta gaditanía
que rezuma por mi cuerpo;
locura de un repentista
ahuyentando a los espectros
reversando la instintiva
y humana muerte del verbo
Aquí está tu pregonero
proclamando alabanza,
cantando con un revuelo,
clavado como una lanza
con el alma por los suelos
caminando por tu casa,
pregonando a cuerpo abierto
y abriendo también el alma,
te preparo este ungüento
de sanadoras palabras,
sin alardes ni aspavientos,
solo con letras rimadas
como granos en granero
que recorren como el agua
este orbe verdadero
llamado taza de plata.
Y tranquilo yo me duermo
a los pies de la muralla,
protegiéndome del viento
en su ostionera fragancia,
mientras rompe el mar violento
por todas las barbacanas,
dibujando en todo el suelo
la cruz bienaventurada
robusta como el cemento
imposible derribarla.

En tanto, vivo este sueño
pregonando la esperanza,
encendiendo los luceros
de un pregonero de raza
con la fuerza de un guerrero
por todas las barriadas,
Cádiz soñará de nuevo
con tocar todo su cielo
al llegar Semana Santa.

Excelentísimo y Reverendísimo Sr. Obispo, Don Rafael Sornoza.
Excelentísimo Sr. Alcalde de la ciudad a la que quiero con locura, Don José
María González.
Excelentísimas e Ilustrísimas autoridades, religiosas, civiles y militares.
Señor Presidente del Consejo Local de Hermandades y Cofradías de Cádiz,
Don Juan Carlos Jurado y miembros de la Junta Permanente.
Señor Director del Secretariado Diocesano de Hermandades y Cofradías,
Don Alfonso Caravaca.
Señoras y Señores, Hermanas y Hermanos Mayores de las Hermandades y
Cofradías de nuestra ciudad.
Pregoneras y Pregoneros de nuestra Semana Santa.
Querido y admirado presentador, Don Vicente Rodríguez.
Cofrades gaditanos.
Hermanos, amigos, señoras y señores, sean todos bienvenidos.
Antes de que nos adentremos en el viaje que voy a proponerles,
déjenme que de las gracias a las personas que han confiado en mí para
afrontar, posiblemente, el pregón más difícil de nuestras vidas. Gracias por
esa confianza ciega y gracias por hacer realidad el sueño de un humilde
cargador; pregonar las costuras de una Semana Santa que me tiene
enamorado desde que tengo uso de razón.
Amigo Vicente, es un honor para mí que hayas sido tú, quien me de
paso a este atril. He aprendido mucho de ti y siempre he guardado a buen
recaudo tus palabras y consejos. Siempre llevaré en mi mente todas esas
veces que me decías eso de; “sigue así que al final llegará”.

Grandísima persona, amigo y cofrade, un caballero de los atriles.
Quién nos iba a decir hace algunos años, cuando me presentaste en el pregón
de la mantilla, organizado por nuestra querida Asociación La Mantilla
Gaditana, que volveríamos a repetir los papeles, pero en El Gran Teatro Falla
un Domingo de Pasión. Pues aquí estamos, siendo protagonistas de la
antesala de una Semana Santa diferente para todos.
Fueron tus versos los últimos que sonaron en este teatro antes de que
ocurriese todo. Recuerdo con especial cariño, esa premonitoria dedicatoria
que me dejaste por escrito en la primera página de un ejemplar de tu pregón,
donde decías: “Para Iván con toda mi admiración; quiero presentarte el año
que viene”. Esto lo escribió mi amigo Vicente, el 7 de abril de 2019, casi
“na”. Yo no sé a ustedes, pero a mí, cuanto menos, me da algo de escalofríos.
No fue al año siguiente, pero al final se ha consumado lo que auguró,
en un alarde de buenos sentimientos hacia mi persona.
Estoy convencido de que tu Cristo de la Expiración siempre estará a
tu lado, velando por ti y por los tuyos, porque te mereces todo lo bueno que
te pase.
Aquí tienes a un amigo, gracias por todo.

EL AMANECER DE CÁDIZ
Soñemos con ese viernes
el cual siempre huela a flores,
donde el nombre ya no es santo
Ahora es viernes de Dolores.
Cuando un paso de palio
recorre nuestras ánimas
junto a una orden seglar
dolor de una gaditana,
apretando el torniquete
en toda aquella diáspora
que se dispersa coqueta
en la bruma de la plata.
Llora desde San lorenzo
como una flor deshojada,
pisoteando los pétalos
con su desdichada gracia,

soportando el fino duelo
con todas las manos blancas,
la cara color de anhelo
y amarillentas bengalas.
Llora desde San Lorenzo
la mujer que siempre calla;
la de los ojos perdidos,
las manos entrelazadas,
la que va penando al hijo
sabiendo como acababa
la historia de su calvario
en los límites del alba.
Llora desde San Lorenzo
la madre atormentada,
mientras Cádiz va limpiando
toda la calle mojada
por el dolor de Dolores;
un rocío de lágrimas
que convierte a esas calles
en una gran metáfora,
reflejando cual espejo
torreones y fachadas.
Llora desde San Lorenzo
y Cádiz seca su cara.
Este es todo mi comienzo,
con la firma dedicada
a todo el valle de muertos
que la pandemia dejara.
Va por todos aquellos
que su vida se apagara,
por todas esas monjitas
que se partieron la cara
por ayudar a los enfermos
sin importarles de nada.
Por todos los sacerdotes
que siguieron la palabra
en oscuros hospitales,
colgando las sotanas
en las camas de la UCI,

elevando con sus alas
a universos celestiales.
Ellos son los culpables
de que no pierda mi fe;
como la voy a perder
si han demostrado el coraje
que todos debemos tener.
Va para todos, el pregón
y para todos, este clavel.
Gracias.

EL SUEÑO DEL DOMINGO
El sol se asoma tranquilo
en la mañana infinita,
descorriendo las cortinas
entre ramitas de olivos.
Vengan a viajar conmigo
a lomos de la esperanza,
abran su recia coraza
y salgan de su escondrijo.
Abran todo el corazón,
cierren ahora los ojos,
descubran este pregón
mientras yo camino solo
por la senda del amor.
Y durante este caminar
voy encontrando señales,
que me ayudan a cargar
todo el peso que recae
después de una levantá,
con sentimientos al aire.
El sol brilla en su grandeza,
deslumbrándose en mis manos,
crucen conmigo esta puerta
la del Domingo de Ramos.

El paladar ya se humilla
por la avenida de asfalto,
ante los pies descalzos
en una borriquita,
Mientras el cortejo avanza,
los niños se arremolinan
y los pétalos se lanzan
al compás de bambalinas.
Virgen de palio de oro,
que caminas temerosa;
Amparo de nuestros ojos,
celestial progenitora
de porcelánico rostro,
josefina redentora
vas limpiando los rastrojos
de las calles arenosas
para que pasemos todos
de manera primorosa,
marcando tu territorio
como fiel gobernadora,
derrotando a los demonios
siendo Tú la salvadora,
la madre merecedora
de un cetro en tu equinoccio
y en tu frente una corona
que te alumbre todo el rostro
como reina jubilosa,
bajo ese palio airoso,
que siempre nos enamora
Un reguero de palmas
dibujan el sendero
por donde este pregonero
llega hasta tus plantas.
Cuanta paz en una cara
dibujada con pincel,
Tú recibido por masas
y Cádiz; Jerusalén.

La borriquita siempre fue
la primera en nuestras almas,
y aún continúa la fe
cabalgando sobre las aguas
que debemos de beber
cada Domingo de Palmas.
Si en San José encuentro paz,
Salesianos nos despoja
de nuestro amor fraternal
avisando cada día
de que ya no hay vuelta atrás.
A Córdoba se nos fue
aquella joya de anhelo,
ese Cristo de silencio
que siempre quiso volver.
Y de Córdoba trajeron
en señal de desagravio
a una carita de ensueño,
con ese Amor Salesiano
que nos enseña sus manos
limpias como un sortijero.
Tirarán tus vestiduras
por las calles beduinas
y con el alma en ruinas
rezaremos con ternura,
con la ternura divina
que en tus ojos se desgrana
al comenzar la semana
de todas nuestras vidas.
Cada gota de tu sangre
será lágrima furtiva
de la Concepción regida
por el amor de una madre.
Es tu cara el resplandor
de todo lo que he soñado;
cristo que caminas solo,
ojos de un padre humano,
ceramista del querer,

dignidad en esos labios,
eres capaz de partir
la ciudad en mil pedazos
solo con ese perfil
donde escondes el arcano
del pozo de la hermosura,
cuando suena tu badajo.
Y desde este gran cadalso
yo me rindo a tu donaire,
pues tienes ese boato
que, sin querer ostentar,
consigues arrodillar
a todos los gaditanos.
Del amor a la pena
en solo un suspiro;
vente gaditano
sigamos el camino.
Vente a llorar Las Penas
que azotan San Lorenzo,
donde la calle Sagasta
prepara el enorme lienzo
donde dibuja la cara
la caridad de los nuestros.
Solo, camina con pena
tras un océano de sangre,
y yo maldigo a la pandemia
por no poder mirarte
mientras tú solo paseas
por el centro de tu calle.
La caridad en estos tiempos,
pone a prueba la bondad
a la hora de abrazar
a ese valor venidero;
todo el pilar atemporal
del sentir más cofradiero.
No es cuestión de alardear
ni ensalzar lo que has hecho,
pero no está mal recordar

que, en este Cádiz maltrecho,
el cofrade vuelve a sacar
del fondo de sus cimientos,
el almíbar para endulzar
a los que más están sufriendo.
Allí solemos llegar
al fondo de nuestro pueblo,
donde no puede alcanzar
la mano ningún gobierno
En Cádiz la Caridad
tiene el corazón de acero,
la carita aniñá
y vive en San Lorenzo,
con ese son pinturero
y las ganas de ayudar
como madre del supremo.
Raíz de calle Sagasta,
danos toda la fuerza
para ayudar con firmeza
a quienes necesitaran
de tu bendita grandeza,
para así poder llevarse
la comida a su mesa.
Mesa de mantel blanco
como la túnica planchá;
por Sopranis bajando
Donde Jesús tomó pan
para los más necesitados.
Este es mi sagrado cuerpo
y mi sangre se derrama
en la copa de madera
por todas las ventanas.
Soñando con sentarnos
en una cena sagrada
rodeado de los nuestros
sin mascarilla que valga.

¡Ay Señor del Milagro!
vuelve a entrar en mi casa,
levanta tu cáliz de plata
que te estamos esperando.
Tu barrio llora la ausencia
de tu mano levantada;
mesa con mantel blanco
capirote y túnicas blancas.
Reina de todos los Santos
saca desde tus entrañas
todo el amor generado
reverberando tu cara
con tibios fogonazos.
Pero aquí todos debemos
de tener esa paciencia,
pues seguro volveremos
a vivir la penitencia
de una gran noche de negro
que remueva las conciencias.
Como un desperdicio humano,
la noche toda negra,
agarrando con sus manos
a esa humildad decrépita
como un desdichado esclavo
esperando la sentencia
de morir crucificado
al llegar la primavera.
Todo se hace de negro
en lo alto de la piedra,
donde Dios ha cimentado
los poderes de la tierra.
Negro como un toro bravo
farolas amarillentas,
todo se ha consumado
mientras San Pedro lamenta
que el domingo ya ha pasado,
ese domingo añorado;
sudor; camiseta negra.

La tarde se ha consumido,
Cádiz aguarda la espera
en la calle de San Pedro
iluminada tonos sepias.
El señor de la Humildad,
deja atrás un arroyuelo
tan difícil de explicar
cómo este frágil momento.
Yo les invito a que se dejen llevar, que agarren mi mano cerrando los
ojos en lo más profundo, que os aseguro que os llevaré al lugar más bello del
mundo.
Yo he visto cosas que no tienen explicación, que nunca las he contado,
pero si vienen conmigo las descubriréis en este pregón. Olvídense del
presente, ignoren las mascarillas, la pandemia déjenla a un lado, porque lo
que yo he visto está por encima de todo lo imaginado.
La gente se agolpa esperando el momento, “run, run” en el ambiente,
niños pidiendo cera a clásicos penitentes. Allí en la esquina, el incienso nos
anuncia la tan ansiada venida. Los ciriales dan la vuelta y ya lo sabe el gentío;
crujen los varales al compás de la marcha Rocío. Pero en ese mismo instante,
en una azotea “escondío” está el bueno de San Pedro, agarrando sus
sentimientos para que no se caigan al rio. Que tendrá esta calle, se pregunta
“pa” sus adentros, que lleva el nombre mío, y encima de negar a Cristo en
un alarde de cobardía, cada Semana Santa viene a buscarme María. Ángeles
rechonchos y juguetones, revolotean por los tendederos y se sientan en los
balcones, un arco iris cruza la calle entera, y crecen margaritas y amapolas
por todas las aceras. Y San Pedro mira a las estrellas, llorando como un niño
grita con tanta fuerza que suena un estallido a compás de un martinete
cantando esta letra.
Del cielo tengo las llaves,
pero llaves no quiero ninguna,
porque el cielo es mi calle
cuando pasa La Amargura.
Señora de San Agustín
vienes pisando la arena
de tu playa carmesí
sufriendo tú la condena
del que nació de ti.

Eres llanto que truena
en este mi confín,
mientras suenan las cadenas
que llevo tras de mí.
Y sin caer en la pena
yo me agarro a tu fajín,
con la mente siempre puesta
en lo que está por venir.
Y pasará la pandemia
y saldremos del trajín
que ahora nos cercena
la vida como un motín,
que salta de nuestras venas
de una manera tan vil
que nos hunde y nos secuestra
como trigo en almudí.
Y pasearás tus detalles
por todo nuestro cuerpo,
con todo tu desaire
cortando los alientos,
de los que miran tu talle
al vaivén de tu lamento.
Volverán los caireles
a liarse entre ellos
y todos tus alfileres
se hundirán en el tormento,
mientras esa cara que tienes
será el epicentro
donde caerá la pura nieve
que todos llevamos dentro.
Eres flor de jazmín
plantada en un tiesto
que se asoma a tu pretil
en el patio de un convento.
Eres aquel colibrí
que juega con el viento,
a la hora de partir
rumbo a lo supremo.

Eres palio de marfil,
Sol de mis paseos,
mi forma de sufrir
debajo de tu concepto.
Eres todo el sentir
de este humilde pregonero,
un cargador pueril
agarrándose al sustento
de tu mirada sutil.
Eres luna de adviento,
calle por descubrir,
eres palio a lo lejos,
bordado danzarín,
y eres ese recelo
que hay dentro de mí,
cuando te va mirando el pueblo
y yo no puedo salir
de debajo de ese agujero;
pozo de mi sufrir
para ver ni un momento
tan precioso perfil
tallado por un maestro.
Eres el sanedrín
por la calle de Fray Diego,
eres Tú, el banderín
que se clava en el consuelo
de mi corazón costurero
con encajes de organdí.
Eres el quiero y no puedo;
imposible describir
en unos cuantos de versos
lo que yo siento por ti.
Y aquí muerto de miedo
me abro el corbatín
como si fuese un torero
rompiendo el pregón por aquí.
Jurándote en mi sepelio
que si tuviese que morir
yo pediría con celo:
morir pasado San Pedro

mientras te digo que sí.
Que, si tuviese que morir,
lo haría con fina dulzura
abrazando con enjundia
lo que Tú me haces sentir
al mirar la comisura
de tu boca andalusí.
Que, si pudiese elegir,
moriría de locura
con lágrimas de aprendiz,
cavando mi sepultura
debajo de La Amargura,
entrando en San Agustín.

EL LUNES DE NUESTRAS VIDAS
Todo se tiñe turquesa
con aires marineros,
por toda esa alameda
cruzando el Mentidero.
¡Ay mujer carmelitana!
cuanto echo de menos
el rubor de tus pestañas,
el sonido de tus vientos
y en tus varales las campanas.
Y mira que en estos tiempos
nos han quitado de la memoria,
el poder darnos besos
y tu sufriendo en tu gloria
el ver a tu hijo preso
por el beso más ruin
de toda nuestra historia.
Reina cascabelera,
es tu color el vaivén
de esa foto fetén,
que se encuadra en La Alameda.

Jesús del prendimiento;
el que puso su mejilla
para acariciar ese beso
con labios sin mascarilla,
que hace llorar por dentro
hasta al Marqués de Comillas.
Cuanto echo de menos,
los labios de mi familia.
Es tu barrio ese candil
donde resbaló mi sangre,
dejando una cicatriz
que en el espejo mirase
muy cerca de la cerviz;
el imperfecto remate
que me recuerda que aquí
comencé a sobrellevarte.
Tu prendimiento resistí,
Señor de verdes fanales,
cortando cual bisturí
mi hombro insignificante;
primera vez que partí
para hacer ese gran viaje
estar debajo de Ti
fue mi deseo alcanzable.
Y es que por Ti siento debilidad porque fuiste el primero, mi bautismo
de sangre bajo los pasos, donde empecé a descubrir un mundo que me
atraparía para el resto de mi vida. Ahora que no nos escucha nadie, puedo
hacer una confesión:
Con 16 años entré en tu cuadrilla, pero había que tener cumplido los
18 y le dije al capataz una mentirijilla. Fue así como se escribieron las
primeras líneas del libro de una vida entregada a Dios y a su Santa Madre
María desde la tenebrosidad de los respiraderos, olor a madera, faja y
zapatillas.
Juan, Javi, Adolfo, Paco, Tomás, Salva, Pepito, Pedro, Sebastián,
Antonio, Melchor, gracias y gracias por confiar en mí a lo largo de todos
estos años, golpeando con vuestros martillos mi corazón. Gracias porque eso
me llevó a descubrir la verdadera bondad del ser humano, la auténtica lealtad,
la honestidad primitiva. Porque debajo de los pasos, aprendí a como mirar

por los que me rodean y a respetar los galones. Esas santas maderas, han sido
y serán testigos de risas y llantos, pero, sobre todo, de abrazos con la mirada,
de palabras de aliento, de esa vergüenza torera del cargador comprometido,
de amistades verdaderas.
Artesanos del dolor, no perdáis nunca ese compás que van marcando
las horquillas al andar, porque es algo tan nuestro que recorre nuestro cuerpo
al nacer en esta ciudad.
Ser cargador de Cádiz
es un título noble,
y el sufrimiento una cátedra
con diploma de sudores.
Soy cargador por la gracia de Dios, Él me puso debajo de los pasos y
su madre, detrás de los atriles.
Cuando se va un cargador,
su cuerpo se desvanece,
pero su alma sigue siempre
bajo el peso del fervor,
rodeado de esa gente
que le mostraron amor,
sin importar el dolor
que en su espalda sintiesen.
Esas treinta monedas
jamás pagarán aquello;
mi agonía primera
por el barrio “El Mentidero”.
Estoy prendido de amor
por los rincones del atrio,
jugando con la flor
que nace en los naranjos,
cuando en todo San Francisco
ya se ve ese abrazo
a la forma de la cruz,
del Nazareno franciscano
abrazos imaginados,
abrazos con distancia,
abrazos sin abrazos
pero llenos de esperanza.

El amor aprieta los lazos
como Simón de Cirene;
mira como sale andando,
mira qué bonito viene.
Este es el Lunes Santo
que se presenta en mi mente,
cofradía de talle largo
que en la memoria mantiene
los recuerdos de aquel patio
lleno de penitentes.
El lunes santo estaré
listo para ir a verte
en ese convento coqueto,
llorando lágrimas verdes
como el palio de una madre
que llora de tanto quererte.
Siempre dije que el pregón
era un canto de esperanza
y tu respiras tanto amor,
que se me parte el corazón
sintiendo la añoranza
de ver tu cara en el sol
iluminando la plaza.
Una plaza que se oscurece
cuando la verdad renace;
oscura la noche entera
dos horas más tardes
Y sin besos ni abrazos;
que nos quedará
si este maldito virus
solo nos deja soledad.
La soledad en los hospitales,
en habitaciones infectadas,
donde la gente muere sola
la muerte más amarga.

La soledad más hiriente
rastrera y demoledora,
solo queda la soledad
donde la gente muere sola.
La soledad sin conciencia,
soledad cribadora,
solo queda la soledad
donde la gente muere sola.
Soledad de injusticia,
soledad supresora,
solo queda la soledad
donde la gente muere sola.
Pero que les voy a contar,
paradojas de la vida
que en Cádiz la Soledad
tiene la tez más bonita
que se pueda imaginar.
Cinco lágrimas suspiran,
una detrás de otra
surcando cual afluentes
la ribera más hermosa;
pero a mí me vuelve loco
la que está junto a tu boca.
La plaza llora que llora
esa gran nube de incienso,
la pena que lleva dentro
es en verdad una impostora,
pues esa cruz sanadora
abre todas las cancelas
de las cruces verdaderas;
y mientras tú sigas muerto
hasta el final de los tiempos
yo siempre estaré a tu vera.
Y una pena a mí me embarga
en esta parte de la historia;
en Cádiz la misericordia
vive en la calle de La Palma.

Misericordia para aquellos
que mueren en soledad,
con una pena en el alma
que cimbrea como un varal.
Es tu cara morena
una lengua de mar,
que rompe en la escollera
un día de vendaval.
Y aquí postrado en tu barrio
me deshago de mis riquezas
y con temblor en las piernas
me arrodillo en tu calvario.
Siempre has sido humano
créanme lo que les digo;
si no como me explicas
que los vecinos hablen contigo.
Ahora necesitamos
tu misericordia plena,
es tu cara morena
sal para los gaditanos.
Sal para las heridas
que sufrimos a diario,
pues tus ojos cerrados
abren nuestras pupilas.
Señor de cara morena
apiádate de nosotros
y déjanos ver el rostro
más alegre de las penas.
Y ahora yo en el Falla
dando este pregón,
en este paseo por Cádiz
me encuentro con una flor.
¡Ay! Que pena de los cofrades
que no podamos regar
el jardín de nuestros mares
y esperar un año más.

En Cádiz las penas sonríen,
somos así en la vida,
por eso no hay virgen más gaditana
que las penas de la viña.
Ven madre, vente de mi brazo
que voy a dar el pregón,
vente “pal” teatro
y aguanta mi corazón
mientras te voy declamando.
Vente conmigo chiquilla,
para cumplir mi deseo,
vayamos por la viña
que se me pasen los nervios.
Te miro y veo el faro
mientras alumbra a lo lejos
y es que en tu cara se esconde
todo el barrio entero.
Te miro y veo un colegio
viñero y lasaliano,
mientras vamos caminando
cogidos de la mano.
Veo un costurero
que da al corralón
y veo la balaustrada
con la puesta de sol.
Veo el papel de estraza
en un barril del “Manteca”,
y macetas de colores
en una callejuela.
Veo a este pregonero
que se escapaba de clase,
para verte en tu parroquia
cuando estudiaba en Valcárcel.
Veo a una calle
que es como una rosa
y a un árbol centenario
que en la playa desemboca.

Te miro y escucho el sonido
de las horquillas a compás,
que marcan en la orilla
las olitas de la mar.
Eres un maremoto
cuando llega el lunes santo
y eres aquel “lavaero”
con tus vecinas cantando.
Eres el pregón
que suena en tus esquinas,
vendiendo la caballa
camarones y quisquillas.
Eres papelillo
que va formando un riachuelo,
a cuarenta días vista
de la gloria del viñero.
Eres el compás
que muy pocos conocen,
ese redoble final
cuando acaba un pasodoble.
Eres la protectora
de todo el barrio entero,
eres tú la misión
del sentir más verdadero.
Eres un mosaico
donde se ponen de rodillas,
todos los gaditanos
que pasan por la viña.
Y termino este paseo
mirando a una barquilla,
mientras remangas tus enaguas
para correr por la orilla.
Llorando con tu pena
por la muerte de tu hijo,
gritas en el castillo
agarrada a tu pureza.

Y con tu saya mojada
y llena de salitre,
formas un desangradero
hasta llegar a tu escondite.
En Cádiz a las penas
se le pone una corona,
con todo el oro que hay
desde la Viña hasta Roma.
Te miro y veo el instante
que te subes al altar
y te canto con mi coro
en la iglesia catedral.
Coronación de viñera,
viñera y soberana,
soberana de esta tierra,
tierra de las barcas,
barcas marineras,
marinera fragancia,
fragancia de las piedras,
piedras conquistadas,
conquistada caleta,
caleta con las cañas,
cañas en las troneras,
troneras que hacen guardia
por el tesoro que encierra
el vuelo de la cometa
de una madre coronada.
Y termino este paseo
con la madre de Dios,
llorando como un niño
haciendo una confesión.
Pues llevo una pena en el alma
que desbarata mi aparejo,
con lágrimas derramadas
recorriendo el cuerpo entero,
mientras muero a bocanadas
al igual que el del madero
por no crecer en la palma,

maldita sea mi estampa,
ni haber nacido viñero.

EL MARTES SIEMPRE LLORA
Todo comenzó hace un mes
con ese perfil divino,
rostro de un muerto vivo
crucificado por el bien
de todos los que vivimos
la más profunda fe.
Todo comenzó hace un mes
en la catedral de mis tiempos;
esa flor de monumento
pinchada como un clavel
en el calvario del viento
de la ciudad de mi ser.
Todo comenzó hace un mes
en un día borrascoso,
donde tu cuerpo grandioso
se recostó en mi ser,
aguantando con mi hombro
la extensión de tu vergel.
Todo comenzó hace un mes
cuando vimos a una madre,
llorando a lágrimas vivas
por quedarse sin Él;
con Santiago en ruinas
y en ruinas su rigidez.
Lágrimas que resbalan
por las calles del centro
formando un sentimiento
bañado entero en plata.
Piedad para esa gente
que, con lágrimas en los ojos,
cantan cuando están solos
para no dejar de quererte.

Señor que miras hacia abajo,
presume del señorío
porque ese cuerpo sombrío
es lo que necesitamos.
Es tu figura castiza,
la rosa que crece sola
entre rocas y espinas
y en la oscuridad brota.
Dame tu inexactitud
de tu padecer profundo,
porque por tu Santa Cruz
aquí redimiste al mundo.
Eres toda la bondad
en tu suave geometría
de la cruz en el altar,
donde vienen a parar
todas aquellas poesías,
que se quisieran quedar
rimando tus agonías
para morir en el mar
con sus estrofas vacías,
Señor de la Piedad.
Por más que pase la vida,
jamás voy a olvidar
cuando te tuve tan cerca
que te escuché respirar.
Y mirándote a los ojos
solo pude comprender,
que sin lugar a dudas
todo comenzó hace un mes.
Mientras las lágrimas caen
inundando a la tacita,
se refleja la carita
llorando de una madre,
una joya es el semblante
cuan lacrimosa jovencita.

Y esas lágrimas derramadas
espantan a los demonios,
dejando en San Antonio
una barquilla varada.
El Martes Santo se desmarca,
con lágrimas redentoras
pues es el día que más llora
nuestra Semana Santa.
Como no va a llorar
si le llueven los latigazos,
a ese Dios humano
que no deja de sangrar.
Amarradme ahora a mí,
es lo que dice mi mente,
mirándote de frente
que me azoten ante Ti.
Que tu carne sea la mía,
que tus latigazos me calmen
y las lágrimas me enjuaguen
las dolorosas heridas,
por no verte en la calle
cada martes de mi vida
hasta que todo esto pase.
Quiero que Tú me encandiles,
mientras pasas el quinario
escuchando a rosario
llorando en tu desfile,
y en mi mente voy soñando
como se sienta al piano
el maestro José Cubiles.
Sobre un charco de almagre
Jesús cae al suelo,
llenándose de albero
por medio de nuestro parque.

Es la imagen guardada
dentro de mi quebranto;
ver a Dios caminando
y al fondo una cascada.
Totalmente desamparado
como esa madre que llora,
esta maldita hora
sin hacerle falta palio.
Levántate señor mío,
déjame que te ayude,
caeré contigo de bruces
en el parque o San Francisco.
Que los faroles de plata
alumbre nuestro camino,
“pa” poder estar contigo
hasta la espera callada.
Es tu túnica blanca,
ese puño bien cerrado
agarrando con agallas
y con fe, el bastón de mando,
que a tus plantas te dejara
un sol universitario,
que se refleja en tu cara
levantando un santuario,
mientras llora el Martes Santo
la madre desamparada.
Eres como esta ciudad,
que se cae y se levanta
sin dar nunca la espalda
con valentía sin igual.
Y a tu espalda yo le rezo,
como lo hace San Pablo
tras un manto largo
que no me deja verlo.

Única espalda en el mundo
que levanta los suspiros,
mientras vas por el camino
retrasando los segundos.
Maldita esa centuria
que se ríen de tu cruzada,
incendiando las cabañas
donde habita la Angustia.
Esta es tu fiel venganza
sin conflictos descarnados,
solo te sueltas el manto
para así enseñar tu espalda.
Señor que estás en San Pablo
siempre estaré a tu lado
levantando tu mirada
Y con esas lágrimas
de Angustia desamparada,
pedimos Salud
a esas almas necesitadas.
Y es que hay en Santa Cruz
un hospital de campaña
donde todas las mañanas
te apareces Tú.
La enfermera más valiente
que nos vacuna de amor,
soportando el mayor dolor
que se imagine la gente.
Señor que cargas con la fe
sobre tu hombro izquierdo,
eres el mejor remedio
que nadie pueda tener.
Aquí es donde el pregón
quiebra su magnitud
y eleva su oración
a la máxima quietud.

Por todos los sanitarios
que se dejan la piel entera,
por “to” los que le rodean
sin esperar nada a cambio.
Por el que pone vacunas,
por todos los celadores,
por los que visten de colores
habitaciones oscuras.
Por los que pasan las noches
alerta cual vigía,
hasta que despunta el día
por el bien de los hombres.
Por los que dan en urgencias
entero su corazón;
elevando su vocación
a la máxima potencia.
Por doctoras y doctores
que viven cada paciente;
auténticos penitentes
sin túnica ni capirote.
Por matronas en un parto,
por cirujanos honestos,
que operan a corazón abierto
y mueren con él cerrado.
Por todos los que han luchado
sin importarles su vida,
detrás de una mascarilla
y aún siguen bregando.
Sanitarios por vocación,
sois toda la actitud
asomada al balcón
con la máxima amplitud
que dicta el corazón,
en la imponente latitud
que se marca en el patrón
del vestido de tisú.
Señora del panteón,

Señora de Santa Cruz,
aquí te dejo el clamor
sacado de ese baúl
donde descansa el fervor
de mi tronco de abedul.
Y quebrándose mi voz
y este acento andaluz,
yo me postro ante Dios
y su imponente magnitud,
sacando de mi esportón
esa gloriosa luz
que me lleva a tu prisión;
Señora de la Salud
buscando tu bendición.
Salud de un pueblo entero,
salud de las ilusiones,
salud para mis versos,
salud en tus amores,
salud para el te quiero,
salud para los oles,
salud “pa” los sintecho,
salud a borbotones,
salud para el empleo,
que escasea ferozmente,
en este rincón costero,
el más viejo de occidente.
Salud solo deseo,
para que podamos verte
cuando salgas de paseo
por las calles de tu vientre.
Y con esta oración vencida,
en estos versos primarios,
solo te pido Salud
por los que sus vidas dejaron
detrás de esas batas blancas,
y que siempre pelearon
pensando en los demás
en los momentos más precarios.
Salud te pido con celo,

salud en este escenario,
santa gloria para aquellos
santos ángeles del cielo
como son los sanitarios.

MIÉRCOLES DE ESPERANZA
La salud también se esconde
tras una corona de espinas,
situada en la vitrina
de una cara de bronce.
Deja que sea yo
quien reciba los golpes,
que me coronen de espina
y se burlen los sayones.
Que yo seguiré gritando,
que soy cristiano confeso,
creyente y cofrade
sin ningún tipo de complejo.
No hago daño a nadie
como Tú palabra decía,
pero siempre hay alguien
que en la cruz me clavaría.
Pues aquí están los clavos,
que hagan lo que quieran conmigo,
pero si tienen que clavarme
que sea en Santo Domingo.
Donde Cádiz se abre al mundo
y el viento mece la melena
que suspira por Plocia
como una mujer guerrera.
El convento es la esencia
que perfuma a la ciudad,
con habanos de liar
por lozanas cigarreras.

Y subiendo las costanas
de este vecindario,
encontrarás a pilatos
en la plaza las canastas,
Y asumiendo la sentencia,
cristo baja la mirada;
esta es la diferencia
de la que justo antes hablaba,
es el verbo la palabra
en la paz de su creencia.
Quien quiera dañar a un cristiano
solo por su mirada,
su alma estará manchada
por más que limpie sus manos.
Cuantos sintieron el miedo
y sufrieron la barbarie,
solo por santiguarse
allá por oriente medio.
O vivieron emboscadas
cavando sus propias tumbas
en la África profunda
donde la vida vale nada.
Solo por rezar
con un rosario en la mano,
diciendo que soy cristiano
hasta el juicio final.
Y nosotros preocupados
por hacer pública la fe,
para así no parecer
que solo queremos pasos.
Si queríamos un momento
ahora lo tenemos,
para no pisar el freno
de nuestros sentimientos.

Momentos para hacer
vida de hermandad
y prestar a la sociedad
herramientas para el bien.
Y cuando vengan esos tiempos
llenos de libertad,
volveremos a disfrutar
volviendo del destierro.
Veremos en las canastas
con un taconeo sutil,
a la niña del Buen Fin
sobre ese mar de plata.
Con su manto esmeril,
mientras hacen de bailarinas
todas sus bambalinas
con ese compás de aquí.
Y a ese barco dorado
lo veremos navegando,
por los pasajes del barrio
con los cabos desanudados.
Es nuestra cultura,
la de poner en nuestras calles
un evangelio andante;
gaditanas escrituras.
La sentencia está sellada
con la cera de tus ojos;
pon mis manos en remojo
que la suerte ya está echada;
los churretes en tu cara
son las oraciones de todos.
Y volverá de las caballerizas
enjaezado con estribos,
potro árabe mestizo
galopando con la brisa.

Con herraduras de acero
por el Pópulo “desconsolao”,
por ver a dios “crucificao”
debajo del escarmiento.
Nos volverá a iluminar
la luz de los ancestros,
todo el mar nuestro
donde queremos rezar.
Cristo dame tu agua
para así navegar
y poderte guardar
la luz de tu mirada.
Mientras tu discípulo amado
sigue junto a Ti,
único de todos
que no te ha abandonado.
Déjame ser tu San Juan
para estar junto a tu Madre,
sabiendo que a la tarde
mi cuerpo arderá.
Y volveremos a caminar
por las calles de San Carlos,
ese camino largo
que se angustia en su yantar.
Y es que ver a Dios
en tu regazo descansar,
hace rememorar
aquellos años de amor.
Cuando Tú lo amamantabas
siendo solo un niño,
recibiendo el cariño
de la madre que lo amaba.
Para ti no ha pasado el tiempo
lo sigues viendo chiquito,
sigue siendo tu niño
y así lo sigues sintiendo.

La más madre de todas,
pues las madres nunca ven
a sus hijos crecer
por más que pasen las horas.
La madre de las madres
acompañando a su niñito
por ese caminito
hasta la muerte de su tarde.
Vienes sin querer ni verle,
llorando cual chiquilla
y hasta tu paso de horquilla
suena a campanas de muerte.
Y arrancando la guadaña
de la mano de lo oscuro,
Cádiz se hace conjuro
y no pierdes la esperanza.
Y con la esperanza en la mano
cumplo una promesa
que te hice, Esperanza,
en tu bendita presencia,
antes de acabar el año.
Sobre estas fuertes maderas
te entrego mi presente
envuelto en piedra ostionera
con el sentir de la gente,
cruzando tu frontera,
cantando todas las salves
que ávidas siempre suenan
hasta el fondo de tu calle.
Aquí te enciendo las velas
escritas con tinta de arce,
cruzando la pasarela
que une esa constante
corriente de franela
que va cosiendo tu traje.

Eres la escarapela,
ganada con el cante
que hacen las primaveras
cuando clava sus puñales
en el alma más sincera
del amor de una madre.
Eres la quinceañera
que deshoja los almanaques,
cuando sientes en tu trinchera
que he salido a buscarte.
Eres la sal de mi huella,
mi bendito baluarte,
eres Tú la escollera
del espigón susurrante,
eres la tonadillera
que eleva siempre los cantes,
eres madre cofradiera
los miércoles por la tarde,
eres la mar de leva,
estrella rutilante,
larga cabellera,
puerta que abre,
suave cadencia,
vida que nace,
lúcida conciencia,
verbo que hable,
boca despierta,
poéticos humedales,
fiel centinela,
de los zafios mortales
que vienen a tu contienda
escondidos en los portales.
Eres la lucha obrera
de las mujeres brillantes,
construyendo sus trincheras
de una forma perdurable
por toda tabacalera.
Verde hierba buena,
verde de los mares,
verde de la maleza,

verdes tus alamares,
verde de primavera,
verde son tus fascinantes
grandes ojos de bandera,
que un día tallase
el padre de tus maderas;
Don Luis Álvarez Duarte.
Y lo prometido es deuda,
en este mismo instante;
dejando escrita mi letra
en este pozo de arte.
Soñando en la calle nueva
con marchas y con engarces,
aquí te pido que vuelvas
pa poder piropearte.
Ni con cien vidas enteras
tendría para rimarte,
pues son tantas promesas
que nunca podré pagarte.
Volveremos por la senda,
volveremos a tu tarde,
mientras subes por la cuesta
y todo el mundo aplaude
invitados con licencia
a este tu último baile.
Aquí cumplí mi promesa,
la que te hice una tarde
antes de la primavera
recorriendo tus instantes,
en esa suerte suprema
de escribir y recitarte
letras para una princesa
y versos para tus encajes.
Esperanza marinera,
esperanza que renace,
esperanza de una tierra,
esperanza del cofrade,
esperanza de un arcángel
no dejes que te pierda,
este mísero cobarde,

para volver con más fuerza
a morir en tus varales.
esperanza reina y madre
Esperanza Cigarrera.

EL JUEVES DE CÁDIZ
Duras gotas de sangre
bajaban hasta la tierra,
cayendo desde su frente;
duras gotas de sangre
mezclándose con la arena.
Duras gotas de sangre
que salen en su oración,
bajo la luna de Nissan;
duras gotas de sangre
que salpican su temor.
Duras gotas de sangre
bañando los olivos,
aparta de mí tu Cáliz;
duras gotas de sangre
sintiéndose cautivo.
Duras gotas de sangre
como lágrimas de la gracia
en una candelería;
duras gotas de sangre
proclamando la Esperanza.
El miedo está de rodillas
rezando con sus manos,
de vuelta, ya de noche,
reyerta en San Severiano.
Las navajas escondidas,
las espadas sedientas,
su voz resuena en el monte
mientras aguarda la espera.

Y un ángel que desciende
y a los cofrades nos mira,
haciéndonos entender
que volverá ese día.
En el que crecerá ese árbol
que da sombra a nuestra vida,
rodeado de las acacias
que los jueves resucitan.
Y la madre llora
por todas mis esquinas,
con las manos abiertas
y cara de beduina.
Empapando con su gracia
tan bellas colinas,
que coronan el desconsuelo
de la madre que te mira.
Te mira en San Lorenzo,
llenándose del abrazo,
estrechando esos lazos
más fuertes que el tiempo.
Mientras, Tú vas afligido
soportando el triste peso
de los pecados nuestros
y te sientes confundido.
Pero de pronto la sientes cerca
y escuchas sus latidos;
ese compás bendito
que corre por tus venas.
El paso dobla una esquina
donde se agolpa el gentío
y se escuchan los jipíos
de esa madre infinita.
La que besa su cara
y le acaricia el pelo;
esa melena al viento
que cae por la espalda.

Es la calle Sagasta
la calle de La Amargura,
con Jesús en las alturas
mientras va girando la cara.
Pues a su derecha la siente
llorando desconsolada,
mientras clava su mirada
en su andar penitente.
El hijo va con la cruz
agarrándose a su madre,
con las manos enlazadas
y el amor como estandarte.
Con el corazón del revés,
pronto lo veremos
con el rostro sempiterno
y con sangre en los pies.
Y es que los pies de Cádiz
están siempre sangrando,
en la iglesia de Santa Cruz
con todos los labios pegados.
Cuanto saben tus pies
de besos de contrabando,
de rezos y de pecados
cada viernes de cada mes.
Es tu piel oscura
el santo pergamino,
donde todo lo divino
se convierte en hermosura.
Eres la plata que envuelve
los sueños de la tierra,
con faroles que caldean
el devenir de tu gente.
Señor de brazos atados,
eres tú la paradoja
al estar tu alma rota
cautivo y rescatado.

Eres el monte rojo
donde pisamos a diario
y eres escapulario
cuando nos sentimos solos.
El viento se pelea
con ese pelo largo,
mientras desatan tus manos
palomas mensajeras.
Las flores de los patios
lloran tus hechuras,
haciendo travesuras
con tus pies descalzos.
El Pópulo a subasta,
los portales encajaos,
los luceros apagados,
persianas a media asta.
El ébano en tu cara
refleja el señorío,
donde brilla tu tronío
antes de la mañana.
Eres todo el trenzado
que llevas de penitencia,
escuchando como rezan
tu verbo, mis paisanos.
Y mientras, tras tus pasos
la belleza coge forma,
como el vuelo de una alondra
con los más bellos rasgos.
El dogma bajo palio,
la trinidad en la tierra,
con una cara que encierra
el celestial triunvirato.
La madre sigue llorando
la soledad de su hijo;
que solito va el cautivo,
cautivo y rescatado.

El arco la rosa llora
porque jamás podrá verte:
que me partan y me rompan,
se escucha todos los viernes,
para que quiero la vida
si no puedo tenerte
debajo de mi hornacina,
cuando pasabas clemente
en la madrugá plomiza
como te tuve siempre.
Y viendo ya el culmen
de tu certera muerte,
vislumbras en tu mente
un monte y tres cruces.
La noche cae y Cádiz lo sabe.
Hay una luz encendida en una sola casa,
la única luz encendida que se ve en la plaza,
son las doce de la noche y va cayendo el relente;
un niño de nueve años, se viste de penitente,
la túnica, el cíngulo, la capa y los zapatos,
con los nervios a punto de estallar en mil pedazos.
El capirote de Casa Orozco bien colocado,
el agua, caramelos y los guantes bien guardados.
Durante el camino, lo acompañan sus padres,
la Plaza de las Flores tiene un silencio suave.
Comienza ese lento y sinuoso peregrinar;
compañía, Obispo Urquinaona, San Juan y Catedral.
Arquitecto acero, campo del Sur sin bulla,
donde el viento en esa esquina hace de las suyas.
Y llegando a la catedral vieja, ya se escucha el palpitar;
aguarda ansioso el momento, solo queda esperar.
Se abre paso entre la gente buscando la sacristía,
donde se empieza a formar toda la cofradía.
Santa Cruz esta encendida y se abre el portalón,
sale la cruz de guía de Medinaceli; ya son las dos.
Aquí es cuando aquel niño pierde la consciencia,
en el justo momento que delante de su asombro

pasa el rescatado soportado por los hombros
camino a la madrugá y a la estación de penitencia.
Le sigue bajo palio, su madre de la Trinidad;
los nervios son más fuertes, la iglesia se vuelve a cerrar.
Se escucha el murmullo en una plaza que está llena,
la cruz de guía ya se pone tras la puerta.
Los cirios son repartidos por varios hermanos,
los capirotes se entremezclan entre azules y blancos.
Y solo me encuentro yo.
Levanta el paso de misterio;
las tres, marca el reloj.
Ya está puesto en la calle
el cortejo ante el clamor,
de un público que despierta
arrancando una ovación
mientras camino por las piedras.
Las tres, marca el reloj.
Esa hora tan nuestra;
la hora donde el corazón
marca con el minutero
que es la hora del Perdón.
Ese niño creció, aprendiendo de sus mayores y fue forjando su fe
durante toda su niñez y juventud. Esa juventud cofrade que comienza en esta
historia, escribiendo la suya propia. La juventud, un pilar fundamental en el
seno de nuestras cofradías. Las ganas de vivir, la pureza en las mentes, la
fuerza de la vida, las ideas acabadas de salir del horno, el grupo humano que
prevalece a través del tiempo, los que un día tomarán las decisiones y tendrán
en sus manos el timón de nuestra Semana Santa. En estos tiempos que corren,
hay que cuidar a nuestros jóvenes, ahora es el momento de enseñarles la
verdadera palabra, la auténtica Fe, el significado enorme de la expresión:
“Cofradía”. Ahora que no tendremos pasos en la calle, hay que mostrarles el
espejo donde mirarse, y eso amigas y amigos es responsabilidad de los que
tienen algo más de veteranía en estas lides.
Desde muy temprana edad, mi vida está vinculada a la Semana Santa,
no formé parte de ningún grupo joven, pero si estuve aprendiendo de mis
mayores desde la oscuridad de los respiraderos, una expresión más, que
forma parte de nuestro patrimonio de la Semana Santa, fue el sitio que
escogió Dios para mí.

Somos ahora los responsables de educar, de escuchar, de respetar y de
enseñarles el camino a todos esos que están en el nido dispuestos a que llegue
el día de poder saltar y abrir sus propias alas.
Todos tuvimos a alguien a quien pedimos prestada su referencia, todos
tuvimos un maestro, aunque solo nos diésemos cuenta con el paso del
tiempo.
Por eso, al dedicar una parte del texto a los más jóvenes, el corazón
me pide acabar este fragmento con esas personas que estuvieron antes que
nosotros. Una generación que últimamente está sufriendo; muchísimo más
de lo que deberían. Este virus, se está ensañando con los que pusieron la
alfombra para que nosotros pasáramos por ella.
Tú que no tuviste nada
en una vida tan dura,
contuviste la mirada
con esa dulzura tuya
que de tu sangre manaba.
Soportando las miserias
de una guerra inacabada,
dejándote de tragedias
pues aquello no ayudaba
a vivir la vida plena.
Enseñasteis las cofradías
y como se hacen las cosas,
“mi” que cosa más hermosa
para explicar este día.
Que no salgáis de casa,
poneos las mascarillas;
tiene malaje la cosa
con lo que habéis sido en la vida.
Y aquí detengo el pregón
por toda esa gente,
que un día estuvo al frente
de todo este fervor.
Abuelas que cosieron
mantos y bambalinas,
abuelos que cumplieron
con todas las consignas.

Por esas tardes pasadas
limpiando plata con nervios,
por esas tardes soñadas
entre seda y terciopelo,
por los días que no descansaban,
por esas noches sin sueño
poniendo cera rizada
o apuntando en un cuaderno
el nombre cuando llegaba
de algún hermano nuevo.
Por esos días que pasaban
ayudando a los enfermos
y a familias necesitadas,
que siempre acudían a verlos
porque no tenían de nada.
Son para vosotros los versos,
para aquellos que se fajaban
robándole horas al tiempo.
Viva toda la savia
que rezumaba por sus fueros,
vivan esas plegarias
que le soltaban al viento,
y vivan todas sus palabras
que con ceniza en el pelo
mantienen todas las ganas,
porque a todos los abuelos
siempre les salen alas
cuando están junto a sus nietos
y los llevan en volandas,
sin dolores en el cuerpo,
mientras se le cae la baba.
Y esto va por el mío,
por todo aquel amor
que dio como cargador
quedándose vacío.
Ahí lo llevas abuelo,
alzando fuerte la voz
para que escuches desde el cielo,

que en El Falla está tu nieto
entregando su pregón.
Ese niño de nueve años, siguió y siguió durante toda aquella noche.
Por la calle San Francisco, pudo disfrutar de Él. Había poco público, solo se
escuchaban las pisadas de las filas de penitentes y el rugir de la banda con
sus tambores. Y ahí venía, casi a las claras del día, con ese son tan suyo, con
el sufrimiento de los de abajo reflejado en su cara; las tulipas seguían
encendidas mientras se apagaban las luces de la calle. Era su momento, mi
momento, nuestro momento. No podía dejar de mirarlo, bendita fantasía la
de aquel niño de nueve años.
Me conoces desde siempre
y sabes toda mi vida
viendo desde la colina
a ese chiquillo imberbe;
yo siempre quise tenerte
en el fondo de mi amor,
cual redoble de tambor,
rugiendo sobre mi almohada,
besando siempre tu estampa
rezándote, mi señor.
Eres Tú mi crucifijo
mientras cuelgas de mis preces,
donde nada me detiene
y me monto en tu navío.
Eres gota de rocío
cuando llega la mañana,
aclarando la maraña
donde todo ha terminado
y camino desolado
hasta el portal de mi casa.
Con ese giro de tuerca
del que eres un experto,
siempre dejas casi muerto
mirando hacia la derecha,
abriendo siempre la brecha
a tu pueblo gaditano.
Eres el Dios más humano,
que con tu aire divino

despiertas a los vecinos
por la mañana temprano.
Concédenos tu perdón
pues sabes de nuestras faltas,
te pido que no nos caiga
el peso de tu prisión.
Tararea la canción
que va sonando en la vida
como una estrella furtiva,
que se adhiere a tus potencias
cual divina providencia
con suavidad muselina.
Se refleja tu estructura
en la sombra de una calle,
el más oscuro contraste
que dibujan tus hechuras.
Imponente arboladura
del suelo a las cantoneras,
entre San Dimas y Gestas
por las esquinas del barrio,
grandioso columbario
en toda la villa vieja.
Es tu cara el resplandor
del rescoldo de un brasero,
cuando te recorre el cuerpo
la sangre como un crisol.
Yo a eso lo llamo amor
del más profundo cristiano,
eres lo más cotidiano
que se aloja en la sesera,
al llegar la primavera
del niño de nueve años.
Eres esa cruz primera
pero en realidad son tres,
que se clavan a la vez
en la niebla más espesa.

En Cádiz suenan campanas,
en Cádiz suenan tambores
en la noche de fervores
mientras buscas la mañana.
Todos los años de espera
rompen aquellos silencios,
cuanto echaremos de menos
el crujir de las maderas.
Caminando eres la fuerza
que vas regalando a todos,
que vamos viendo tu rostro
para aguantar con firmeza
la ausencia de tu tesoro.
Yo no sé si tú me viste
el año de nuestro encuentro,
pero yo llevo grabado
a fuego todo el momento,
mientras estabas girando
para meterte hacia dentro
y todos seguían gritando
queriendo parar el tiempo;
y yo moría embobado
admirando tu portento
y creyendo haber soñado
aquel divino recuerdo,
volviendo a casa pensando
que, en los años venideros,
ante Ti iría alumbrando
tus caminos y senderos.
Porque Tú tienes dos caras;
la tenue, sepia y oscura,
que llamea bajo la noche
hasta que se va la luna.
Y la radiante y clara;
cuando aparece el sol,
en esa hora del alba
haciéndote faraón.

Por la noche eres el llanto
de toda la penitencia
y de día eres canto
de tanta luminiscencia.
Por la noche eres guarida
de un balcón en Santiago,
los trozos de una bombilla,
ese cartel esbozado
que imagina cada día
un pintor enamorado,
de la plena algarabía
que vas dejando a tu paso
con la bendita armonía
de las flores en el campo.
De día eres caricia,
los pajarillos cantando
cuando vas de recogida,
en ese silencio santo
cuando la noche es vencida
y vas entrando en el barrio
como una rosa marchita,
después de todo un verano
afilando sus espinas.
Por la noche eres el halo
envolviendo a tus heridas,
el tronco recién cortado,
la plata recién fundida,
eres ese campanario
a donde todo Cádiz mira,
dando las tres en tu mármol
que es la hora de tu vida,
donde se reza el rosario
con la carita de niña
caminando bajo palio,
abriendo la joyería
que guarda como un legajo
y aparecieron un día
como un tesoro guardado
en la maceta de endrina
que crece en tu relicario,

santificando a tus hijas,
a ellas y a esas manos
que todo lo bordarían,
siendo santo Fray Ricardo
al que un ángel le diría;
que abriera por siempre el tarro,
para sacar su armonía
de la esencia de los nardos,
con la pena marianista
de la guerra de Lepanto.
Y a Cádiz regalaría
el mayor de los legados
que en su vida pensaría.
Por el día eres margarita,
por la noche eres lentisco,
por el día; costumbrista,
por la noche; atavismo,
por el día; cronista,
por la noche; laberinto,
por el día; valentía,
por la noche; compromiso,
por el día; alegría,
por la noche; poderío,
por el día; inconformista,
por la noche; estoicismo,
por el día; profecía,
por la noche; vaticinio,
por el día; Posadilla,
por la noche; San Francisco,
por el día eres la agonía
que tienen tus latidos,
al saber que ya termina
todo este delirio.
Por el día eres un conflicto,
con lorenzo puesto en guardia
y Catalina con ahínco
mantiene en alto su espada,
suponiéndose el delito
pues ninguno da la espalda
teniendo el imperativo

de aguantarte la mirada,
afilando los cuchillos,
preparando la emboscada.
Los dos están convencidos
que ganarán la batalla,
y de todos es sabido
que Lorenzo va y le gana,
pero ella ya ha vivido
toda la noche más larga,
agarrada al crucifijo,
llorando su venturanza,
de volver a su escondrijo
y no verlo de mañana.
Por la noche eres estrella
que brilla como ella sola,
y va dejando una estela
que dibuja una corona
con espinas de saetas,
que en tu carne se fusiona,
pues Tú la llevas puesta,
provocándote hematomas,
aunque no podamos verla
en tu frente candorosa
porque quieres esconderla,
protegiendo nuestra gloria
de la forma más paterna.
De día es la hora tuya,
aunque nadie me comprende,
pues de día eres la dulzura
de todos tus descendientes;
ancianos que con ternura
se despiertan tan valientes,
que se peinan y perfuman
para poder ir a verte,
haciendo esa hora suya
abrigados hasta los dientes,
agarrando tu cintura,
recordando esas veces,
que miraban a la luna

vestidos de penitentes.
Por eso es la hora tuya
aunque nadie me comprende.
Eres Tú, lo extraordinario,
el que todo desordena,
el eterno cañonazo
que cerró nuestras fronteras.
Eres príncipe de un barrio
de muralla amarillenta,
de techos artesonados,
que hace siglos construyera
Alfonso Décimo el sabio,
abriendo solo tres puertas,
donde entra el corolario
de la más grande paleta
que dibuja el vecindario,
mientras sube la marea
por “toíto” el camposanto
impregnado de azalea.
El pueblo entero entregado,
los años de mi condena,
mi corazón hecho harapos,
cuando pienso en tu melena
y que sigues encerrado
por la maldita pandemia.
Eres mis pies desgarrados,
con cicatrices secretas,
por culpa de aquellos clavos
adhiriendo mi silueta
a ese grandioso estrago
que es tu boca entreabierta.
Clavando también mis manos
cuando te vi por la cuesta,
tan dulcemente salado,
con elegancia poética,
pues poetas van buscando
los nudos de tus maderas.
Y yo soy un voluntario
para sacar de las piedras

el imponente santuario
de tu gran figura excelsa,
con esos versos rimados
sacados de las nagüetas,
con finales engarzados
rematados con la media,
al igual que toreando
en esa plaza primera
donde di aquel capotazo
destrozando la barrera
junto al teatro romano.
Cádiz será la barquera
que me acerque a tu muestrario,
la que se queda en la acera
cuando pasas caminando,
la que enciende la candela,
la que mira a nuestro faro,
la que vacía la talega
de todo cuanto has robado
con tu cara bandolera
por las calles cabalgando.
Y aquí termino mi apuesta
con versos de contrabando,
escritos en la escollera
mientras navegan los barcos.
Señor de Catedral Vieja
aunque no mires “pa” bajo,
seguiré con mi demencia
con mi mirada buscando,
tus ojos con la impaciencia
que siempre tuve a tu lado;
quebrando mi vida entera
en “El Falla” pregonando.
De ti se despide el poeta
que siempre te está soñando,
siendo Tú la entelequia,
de vivir en tu costado
hasta el día que me muera.
Y cuando un día ya no pueda
ir a verte caminando,

recuerda bien esta letra
de un pregonero novato.
Porque al final de la cuesta
siempre estará esperando,
con la sonrisa despierta,
de la forma más honesta,
el niño de nueve años.

CÁDIZ SE APAGA
El ocaso toma forma
en este mi pregón,
a la dura solución
del final de la obra.
Pronunciando las palabras;
siete, concretamente
que me hacen penitente
donde el final se marca.
La sed te hace más fuerte,
mientras fluye en las canastas
aquel torrente de agua
de la cumbre de tu frente.
La Piedad brilla en tu cara
con el tránsito silente,
cuando lloras siete veces
Piedad, la octava palabra.
Tú, que dibujas melenas
empapadas de vinagre,
apiádate del cobarde
que te puso las cadenas.
Yo siempre estaré contigo
para saciarte la sed,
hasta el último vaivén,
hasta el último suspiro.
Suspiro que ya se siente
como un grito de Victoria,

cuando se toca la gloria
en tu morada castrense.
Cuanto anhelan tu mirada
los balcones y azoteas,
y ver como se pasean
tus ojos por las ventanas.
Tienes un punto de vista
que remueve las conciencias,
pues avivas las creencias
mientras vas perdiendo vida.
Ese suspiro que suena
rompe el alma del cofrade,
mientras tu cuerpo se evade
derrumbándonos de pena.
Seguirán aquí llorando
palomas y golondrinas,
por no sentir tus pupilas
de nuevo otro Viernes Santo.
Mientras Cádiz ya sin luz,
va pidiendo escaleras,
por toditas las aceras
para subir a tu cruz.
El dolor es el valioso
sentir de las matronas,
un remate valeroso
con una bata de cola.
El dolor es el último
que se va de nuestras vidas,
y el que se monta primero
corriendo a toda prisa
en el asiento de al lado
para hacernos compañía.
El dolor es la poesía
que nunca ha terminado.

El dolor siempre se espera
a la derecha sentado;
va de la mano del llanto
y huye de las banderas.
Perfectamente vestido
con una corbata de seda,
el dolor enciende la vela
aguardando el cometido.
Dolores de nuestras almas;
vas de excursión a la muerte,
por Sagasta quieren verte
asomada a la baranda.
Eres el cuarto dolor
del puñal que descoyunta,
a aquella, mi quinta angustia
que sufro por ese amor.
Quién soy yo mi madre amada,
para abrir tu santa puerta
y pedir que me sumerjas
al corazón de tu casa.
En Sagasta sucumbí
cuando rimé tus hechuras,
recitando tu ventura
tus Dolores recorrí.
Todavía siento mi piel
como se me desataba,
mientras Tú me acariciabas
mis recuerdos de niñez.
Pues aquí estoy otra vez,
pregonando mi destino;
Tú me enseñaste el camino
para ir y no volver.
Mientras me limpio la sangre
coagulada de tu hijo,
yo me agarro al crucifijo
que un día me regalaste.

Siempre estaré de rodillas
ante imponente grandeza,
admirando la belleza
de la sal por tus mejillas.
Eres Tú la gargantilla
del azul de la realeza,
y eres el agua que besa
los remos de mi barquilla.
Quién fuera las santas manos
que descendieron tu cuerpo,
amarrándote los huesos
con encajes de un sudario.
Sudario que coge vuelo
en una cruz solitaria,
recibiendo las plegarias
al pasar el Santo Entierro.
Es tu fúnebre cortejo
la antesala de un milagro,
levantando un catafalco
sobre nuestro firmamento.
En tu féretro de gala
brilla la gaditanía,
cuando alumbra a la bahía
esa muerte tan humana,
recostado en la tacita,
hecha igualmente de plata,
donde el gaditano limpia
su alma trimilenaria.
Es que es tan grande el vacío,
que no existe la palabra
para definir la rabia
después de perder a un hijo.
Lirio del Sábado Santo,
es tu cara sonrojada
la señal desconcertada
de todo tu desencanto.

La novia de Santa Cruz,
la jardinera gloriosa,
la que va plantando rosas
detrás de aquel ataúd.
Tú, seguirás en Soledad
llorando como una cría,
por esa vida perdida
que se dirige hacia la mar.
Quisiera ser el pañuelo
para limpiarte la cara,
evitando que se caigan
tantas lágrimas al suelo.
Dicen que un día te vieron
rondando sola las calles,
llorando como la madre
que va vestida de negro.
Cádiz se viste de luto
al llegar la madrugada,
con esa humedad que baña
nuestro suelo en un minuto
Dicen que un día te vieron
salir desde Santiago,
dando tumbos aciagos
que a tu pena vencieron.
Dicen que un día lloraste
y lanzaste mil suspiros
de tus pulmones partidos
como si fueran ventalles.
Esa es la madre tuya,
la que va como las locas,
con el sollozo en la boca
y con el alma desnuda.
Dicen que un día marchaste
y ahora es Cádiz quien llora,
contando todas las horas
para volver a encontrarte.

Es el blanco de tu cara
el contraste con lo puesto,
mantilla de oscuro negro
enlutando a tu mirada.
Todo se queda silente
y una pregunta resuena,
¿Cómo puede ser tan buena,
la más gemebunda muerte?
Entro en San Agustín, las luces están apagadas, solo brillan los pabilos
de los cirios que aún siguen encendidos. Las pequeñas llamas juguetean con
la suave brisa que se cuela por cualquier rendija, he aprovechado el momento
para estar solo, no hay nadie en el templo.
Mis pisadas resuenan en el silencio, mi mirada viaja hasta la cara de
La Amargura, sonrío y en ese momento, a mi derecha, noto tu magnificente
presencia, imponente como siempre. Ahora es cuando el pregonero se abre
en canal postrado ante ti. No sé si acercarme o quedarme observándote de
lejos, me impones.
Doy varios pasos hacia delante cruzando la iglesia por completo,
murmuran en lo alto los ángeles lampareros. Tu madre a mi izquierda se
limpia las mejillas y mientras levanto mi cabeza siento tu mirada, incluso
teniendo los ojos cerrados. Me quito la mascarilla porque quiero que me
escuches, pues llevo clavada en el alma una pena que tengo que contarte.
Mira que intento seguir tu palabra, siempre con Dios en mi mente, pero
Padre, no sé qué me pasa, no sé si seré mala persona, te juro por los míos que
lo intento, pero me cuesta seguir tu camino. Yo siempre intento darlo todo,
con el respeto por bandera, pero, a veces, hay momentos en los que me
maldigo porque no puedo perdonar como Tú nos dices.
Padre, quiero cambiar, por eso estoy aquí. Para que me escuches, para
entregarme. Si no merezco tu gloria, házmelo saber.
Aquí de rodillas Señor,
ahora quiero aprovechar
para subir a tu altar
y poder pedir perdón,
por no poder perdonar
tanta y tanta sin razón.
Perdón por no perdonar
a los que, en nombre de Dios,
se dedican a matar

de manera tan atroz
en las guerras, sin piedad.
Perdón por no perdonar
al hombre sin corazón,
que es capaz de cercenar
la vida de su amor
de una forma demencial.
Perdón por no perdonar
a la que denuncia en falso,
acabando de un plumazo
con la vida de un igual.
A los que van con maldad,
a todos los asesinos
y a todos los indecentes
abusadores de niños.
A políticos rastreros
merecedores de nada,
los que usan sus ventajas
para llevarse el dinero,
sacando siempre tajada
incitando con palabras
al odio de todo el pueblo.
Mientras, ellos en sus casas
viven sin remordimientos.
Perdón por no perdonar;
ante ti yo me descubro,
dame tus fuerzas Señor
porque de esto yo me culpo.
Si no soy digno de ti
aquí entrego la cuchara,
si tú me lo pides padre
termino con la semblanza.
Delante de todo Cádiz,
aquí sobre estas tablas
me pongo a tu disposición
de manera descarnada.

Siempre apagando mi luz
y encendiendo tus hachones;
aquí te entrego los clavos
“pa” igualar las condiciones.
Perdón por no perdonar,
perdón por no complacerte,
Perdón por no claudicar
A la maldad más latente.
Mientras me abro en canal
delante de “to” mi gente;
yo ya comienzo a sangrar
por las manos y la frente.
Queriendo poder gritar
Cristo de la buena muerte:
que aquí te entrego mi suerte
y hágase tu voluntad.

A PESTE NOS CURAT
Aquí me tienes greñúo,
cumpliendo un viejo sueño
desde que te vi la cara
siendo un cofrade pequeño.
Ha llegado el momento
donde este pregonero,
se rompe la camisa
y se quita su sombrero.
Al ver tu cara de cobre
derretida en nuestra fragua,
donde el metal se funde
sumergido en el agua.
Si verte venir de frente,
es como aquella aurora
donde el sol sale del puente
y a mi Cádiz se asoma.

Ver tu espalda a lo lejos,
es como esa condena
cuando el sol se vuelve rojizo
y se esconde en la caleta.
Mientras, Tú eres la calma
y entre tanto desvarío,
vas mirando hacia abajo
donde se desata el gentío.
La gente te lanza promesas
por sus padres o por sus hijos,
por el paro o por la droga
donde se ven sumergidos.
Te piden y te dan gracias
como aquella joven que reza,
por haber guardado para siempre
el pañuelo de su cabeza.
¿Qué tendrás Nazareno?,
¿Qué tendrás padre?,
que hasta el más ateo de los hombres
se detiene para saludarte.
Que duro es esto, Jesús,
otro año sin tu boca
por las calles de la historia
donde clavaste tu cruz.
El convento es el despacho
donde recibes sin alardes,
a todo Cádiz entero
al ser Tú, nuestro alcalde.
Por favor, déjame ser
los puños de tu camisa,
para acariciar tu piel
celebrando mi conquista.
Van sonando los quejíos
allá por donde pisas,
mientras va sangrando Cádiz
por todas las cornisas.

No sé de dónde saliste,
¿Quién talló tus ojos, Gitano?
Qué don tenía en sus manos
para hacer creer que Dios existe.
Eres esa tradición
de todos nuestros ancestros,
haciendo su rezo nuestro
sin romper el eslabón.
Eres de pura madera,
de corazón gaditano,
eres el palo de santo
trasteando en mi quimera.
Eres un balcón del barrio
donde suena una saeta,
con barrotes de duquelas
donde cuelga algún geranio.
Eres el bastón de mando
envainado cual espada,
mientras desde la espadaña
a tu gente vas curando.
Santa María se rinde
a tu imponente realeza,
pues tu brisa marinera
cierra nuestras cicatrices.
Escucha mis alaridos
esos de rancio abolengo,
por la ley de los caminos,
pues yo te endiquelo, primo,
soñando con tu jaleo.
Déjame Señor de “Cai”
que hoy no recite en vano
y poder coger tu mano
como el que se amarra a un noray.
Para quedarme enredado
con la soga del destino,
asumiendo tus designios
llorando desconsolado.

Bajando Jabonería
eres un cante por fiesta,
la porfía más honesta
bailando por bulerías.
Y eres duro martinete
cuando ya vienes de vuelta,
pasando la cárcel vieja
y la pena nos conmueve
Las calles se engalanan
para rezarte a tu paso,
mientras esperan un año
pa poder verte la cara.
Volverás a pasear
por todos esos rincones,
donde huele siempre a flores
acabadas de regar.
Eres la dolencia doble
que solloza en tu retablo,
sucumbiendo a la hecatombe
de morir entre tus brazos.
Me tatuaría tu dolor
como símbolo único
de tu rostro arrasador,
que provoca el repeluco
y en la piel esa emoción
cuando avanzas inseguro.
Eres la piedra ostionera
que recubre el corazón
de todos los gaditanos
que suspiran por tu amor.
El cañón de las esquinas,
una jaula con jilgueros,
un candil a media luz,
y en mis labios un te quiero.

Eres el Señor de Cai,
el Rey de Santa María
y una sonanta tocando
por compases de alegría.
el alcalde de la gente,
el patriarca calé,
del bolsillo eres pañuelo
y en la solapa el clavel.
Eres tiento y buganvilla,
eres una soleá,
eres punto equidistante
entre Cádiz y su mar.
De un cantaor de “alante”
eres su puro compás
y eres todo el tronío
de un cantaor de atrás.
Emperador del desplante
que acaba la faena
con la finura del arte
de una larga revolera.
Eres el campanario
de Merced y Santo Domingo,
levantando un Santuario
por todos tus dominios.
La goleta de tus manos,
la higuera de tu cara,
la botica que curara
un mirador sobrehumano
El teniente Andújar
con la yedra y el ungüento,
en el callejón del viento
tus manos sé tatúa.
Cante en jabonería
de Don Santiago Donday,
el del cante de Cai,
rey de la seguiriya.

Oliendo a Jara quemada
por obispo Félix Soto,
el corazón sigue roto
en la plaza las canastas.
Por Sopranis huele a gloria
que me llevan hasta el sitio,
donde un vendedor de marisco
pregona en la calle Plocia.
Las calles en tu barrio
se tiñen de triste luto,
las calles dan el fruto
de las plegarias a diario.
Quiero verte en las esquinas,
quiero verte en cada casa,
quiero verte cuando pasas
por la casa de los Lilas,
quiero verte en las cortinas,
quiero verte con desaire,
quiero verte con tu baile,
quiero verte por tu barrio,
a la vera del tío Chano
preparado pa cantarte.
Eres suspiro gitano
con sabor a flor de muerte,
eres luz de la mañana
cuando amanece los viernes
y todo el barrio se lanza
“pa” rezarte y para verte.
Eres fuego que se apaga
cuando tu resoplas fuerte,
los lunares en la falda
de una niña que se mueve,
el dolor de una mirada
cuando quieres envolverte,
eres llanto sin palabras
cuando vas a recogerte
y suenan fuerte las palmas
por la gloria de tu gente,

mientras sigo tus pisadas
mordiendo dos claveles
uno por cada lágrima
que de tus ojos se vierten.
Un repique de campanas,
potencias magnificentes,
eres túnica morada,
la pavesa incandescente,
el mimbre de la canasta
apretado torniquete
en heridas de tu raza.
Un robusto contrafuerte,
el faraón de la gracia,
el encuentro contundente
entre Tú y la jacaranda,
que descuelga desplaciente
buscándote la mirada
desde ese balcón valiente
de colores esmeralda.
Eres nota diferente
capaz de afinar guitarras,
cuando ya sopla el poniente
rompiendo la baraja
“rodeao” de churumbeles
a los que les salen alas
y vuelan por tus quereles.
Eres yente y viniente,
de penumbras ermitañas,
el huracán más fuerte,
de tu sangre molturada.
La palabra que desmiente
desde todas tus cruzadas
el pensamiento valiente
molido en una almazara.
Eres toda la corriente
que se va llevando el agua,
por el golpe contundente
con tu cetro de monarca.
Puedo morir lentamente,
cuando esos mechones de nácar

de una forma inconsciente
te recubren media cara.
Y ya con mi voz vacía
te busco por todas partes,
sin querer la apostasía
por esos cayos reales.
Llévame a tu sacristía
“pa” recorrer el cuadrante,
regalando una poesía
dando dos vueltas de llave
a una voz que conmina
para pagar los kilates
que cuestan tus mejillas
y todos tus lagrimales.
Eres cruz de las monjitas,
un delantal con volantes,
un torrente que salpica
mojando tus cenagales.
Eres todito el encuadre
de la bahía más bonita,
Camelando las cabales
cantadas sin cejilla,
recitando los romances
cuando miras a la orilla.
eres mirada morisca,
una estrella rutilante,
unas manos vacías,
una paz inalcanzable,
una herida terrífica,
un caminar ponderante,
una vela consumida
por la cera de las calles,
bebiendo de tu ambrosía
con ese esplendor gigante
cual faro de Alejandría,
que muere por los achares
al ver tu galantería
y no poder camelarte.
Y mira que es grande tu vida,

que aquí dejo el baluarte
de esta mi pregonería,
sumergido en este baile
sobre una loza partida
como se parten mis carnes
cuando siento las caricias
de tus ojos celestiales.
Aquí me entrego en retales
con toda el alma rendida,
aquí me entrego a raudales
soportando tu agonía,
con esa cruz que llevaste
hasta el fin de nuestros días.
Te miro y veo el paisaje
que me enseñan tus pupilas,
y veo a tu Santa Madre
con esa cara de almíbar
y ese perfil radiante,
donde tiene descosidas
esas lágrimas errantes
como perlas cristalinas,
bajo un palio brillante
del telar de la morería,
con toreros alamares
y la majeza fundida
para mover los volantes
de una bata entretejida,
con talento dominante
y esa enorme maestría
que transpira de tu arte.
Eres Tú esa bandida
que me robó los dinares,
endiquelando mi estigma
debajo de tus puñales.
Dolores del alma mía,
eterna, pura y cambiante,
donde creció la semilla
que en tu vientre germinaste,
entregándonos la vida
en ese preciso instante

cuando guardas las heridas
y ese llanto flagrante
entre cuatro bambalinas,
siendo Tú la más grande
Reina de la gitanería,
al ser por siempre la madre
de ese gitano que es mi alcalde,
Nazareno de Santa María.

ESTO NO ES EL FINAL
Esto no es un adiós,
esto es un hasta luego
apagándose este fuego
de la vela del pregón.
Y soplando los pabilos
de esta gran candelería,
cierro el portón de mi vida
para abrir el del destino.
Lenta se cierra la puerta,
al fondo un palio apagado,
otro año deshojado
y la espera desespera.
Se que nos pueden las ansias
por no vivir lo vivido,
pero podemos sentirlo
y no perder la esperanza.
Y dando a un paso adelante
con ejemplo predicando,
aquí estoy pregonando
sin los pasos en la calle.
A mí me hubiese encantado,
recitar mis alabanzas
en mejores circunstancias
con todo esto pasado.

Pero Dios me ha tocado
con su mano en mi cabeza,
y clavando su bandera
esto me ha encomendado.
Que sea yo el encargado
de subirme a la muralla,
para hacer de su palabra
un pregón sacrificado.
Pues ya llevo soportado
desde este mes de enero,
ese peso lastimero,
de decirle al gaditano
que escuchen al pregonero,
pero no salen los pasos.
Solo caí de rodillas
y rezando un padre nuestro,
me vine aquí con lo puesto,
para buscar las cosquillas
a todo el amor que siento
por todas las cofradías
de este rincón marinero,
de esta pequeña tacita,
dejando a un lado los egos
por la gloria de María
y de un hijo que no ha muerto
pues de pronto resucita,
más esto aquí no termina,
porque Cádiz es eterno.
Podía haber recitado
el pregón de las tristezas,
pero aquí vendo cantando
más alegrías que penas,
pues todos resucitamos
cuando se apague la cueva
de las tulipas del paso
cuando pase la pandemia
y volvamos a encontrarnos,
con todas las calles llenas

de rezos y escapularios,
metidos en la colmena
donde sigue goteando
cuando ya viene de vuelta
la melaza de aquel palio,
chorreones en las velas
en el suelo sacrosanto,
pespunteando una tregua,
volviendo a pedir la venia
otro Domingo de Ramos.
Y yo termino contigo,
ciudad de mis entretelas,
buscando siempre el abrigo
de mi Cádiz cofradiera.
Preparen nuestro destino
la próxima primavera,
porque ya se ve el camino
que nos trae y que nos lleva,
como si fuera un molino
que gira de mil maneras.
Y un año será un soplido
para volver a la vera,
de un Cádiz recién nacido
a la luz de las candelas.
Rápidamente veremos
penitentes por la calle,
una túnica de cola
y los rezos de una salve.
Un incensario de niebla
inundando los portales
y un cortejo que se ordena
reflejado en los cristales.
Maniguetas con horquillas
y a una madre con su hijo,
llevándole caramelos
porque va de monaguillo.
Un niño y su tambor
comprado en el millonario,

y la gente alrededor
con mala cara mirando,
porque desde que llegó
no ha parado de tocarlo.
O un padre con un carrito
entremedio de las sillas,
rompiendo diez espinillas
mientras va buscando un sitio.
Arroz con leche en un cuenco,
las torrijas de las madres,
y un pedazo de barreño
de bacalao en tomate.
Una plazuela repleta,
a Jesús sin sus ropones,
y un palio tan marinero
que va besando balcones.
Veremos bolas de cera
y caireles juguetones,
que moviéndose se enredan
entre hilos y borlones.
En silencio escucharemos
la música de capilla,
o ese solo de trompeta
que nos devuelve a la vida.
Volverán las levantás
que llegaban hasta el cielo
y los oles se escucharán
hasta el final de los tiempos.
Volverán esos romanos
desfilando con pasión;
plumas blancas en los cascos
apresando a nuestro Dios.
Volverán esos olivos
que vibran a cada paso,
mientras Cádiz se santigua
y comienza a varearlos.

Volverán los candelabros
a alumbrar esa trasera,
que nos deja embobados
ante esa imagen bella.
Volverán las estrecheces
y las cuadrillas sinceras,
los sudores y suspiros
cuando se viene de vuelta.
Volverá el crujir de un palio
cuando lo ves desde cerca,
y esas voces animando
al que no le quedan fuerzas,
con las heridas sangrando
de esos hombros de madera.
El incienso en las navetas,
bocinas y cruz de guía
y delante de esa cruz
el carro de chucherías.
Volverán esas cornetas;
las que marcan el momento,
abriendo nuestras fronteras
con Rosario en un letrero,
pues su nombre lo pasean
con todo el convencimiento;
pues cuando Rosario suena
hibernamos en silencio,
escuchando como truenan
las corcheas en el viento.
Volverán esos rosales
a pinchar nuestro tormento,
volverán a usar los trajes
los que controlan el tiempo,
las alas de los ángeles
se abrirán en un requiebro
y sangrarán los sarmientos
de una madre inconsolable,
fotógrafos de momentos,
en los pechos los puñales,

el estertor purulento
de ese cristo vulnerable
que perfuma su aspaviento
sin que lo adivine nadie,
el de la vara encendiendo,
capataces magistrales,
todo el público aplaudiendo
y el caminar fascinante
de Jesús por nuestro imperio.
Banderines y estandartes,
aguadores jovenzuelos,
una esquinita expectante,
los rosarios y pañuelos
en las manos fascinantes
de la Reina de los Cielos.
Volverán los arbotantes
a soportar ese peso,
el azahar en los árboles,
la cera y su sortilegio,
en la estrella los cofrades,
palcos en el palillero,
de un misterio sus andares,
seriedad del pertiguero,
los alcauciles en los bares,
frio en Arquitecto Acero,
sillas por todas partes,
un periodista en directo
o el que lucha con los cables
para llevar ese sueño
a todos nuestros hogares.
Volverán todos los nervios
cuando dos semanas antes,
veamos a los carpinteros
montar la rampa implacable
para acabar en el templo
donde todo allí renace.
Volverán los pregoneros
a recitar sus romances,
con todo el teatro lleno
y con los pasos en las calles.

Los besapiés verdaderos,
besamanos celestiales,
y volveremos a vernos
disfrutando como nadie
de hacer de la tierra el cielo
como el cofrade lo hace.
Con un beso a la patrona,
rosario de la ciudad,
termino mi verbosidad
con la vista en esa historia,
que yo le quiero contar
en un pregón de las glorias.
Vayamos a las iglesias,
salgamos de los zaguanes,
celebremos la coherencia
del dios de los mortales.
Removamos las conciencias,
traslademos el enjambre
más allá de nuestra breña,
sin sucumbir al chantaje
que produce la llantera
de aquella estrella brillante,
que ilumina y que constela
a un corazón palpitante,
que se mete en la taberna
para olvidarse sus males,
vaciando varias botellas
del vino glorificante
que emana de la costilla
que un romano atravesase
con alabarda certera
y todo Cádiz tomase
para aliviarse las penas.
Aquí te dejo el remate
de esta copla torera;
aquí te dejo un diamante
conformado a mi manera
“pa” la ciudad más brillante.
Aquí te dejo en bandeja

la plata de mi linaje,
con mi rubia cabellera
reflejada en tus aguajes
y en todas tus entretelas,
mientras suena en ventanales
esa lluvia que golpea;
agua color granate
al sangrar las azucenas.
Aquí se despide un amante
de todo lo que a ti huela,
montado en tu carruaje,
terminando la presea,
con un “puñao” fulgurante
de esas benditas arenas,
que en mayo son gobernables
por una reina almonteña.
Y vestido de azabache
cogiendo bien la montera,
la lanzo por los aires
imprimiéndole la fuerza
para que el toro se arranque,
mientras pongo la muleta
con la pierna hacia delante
y las hechuras bien quietas,
sin ni siquiera importarme
las cornadas traicioneras
que aquí yo pueda llevarme,
al terminar la faena
salida de mis caudales,
con la forma más flamenca
rendido a los lunares,
que dibujan las hogueras,
cuando arden tus paisajes
con infinita latencia
rompiendo las catedrales.
Y aunque hubiese mil pandemias
y no saliesen a la calle,
para ahondar en las creencias,
ni el Señor ni su Santa Madre;
te juro por mi nobleza,

sellando un pacto con sangre,
que desde el día en que me muera
vendré cada primavera, Cádiz,
para volver a pregonarte.
He Dicho.


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