Valores humanos de la Semana Santa Gaditana (J. Antonio Hernandez Herrero en Diario de Cádiz)

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El valor más importante de estas manifestaciones es su condición de «hermandades»

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La Semana Santa Gaditana -esta manifestación popular en la que participan activamente ciudadanos de diferentes edades, de distintos niveles culturales e, incluso, de diversas convicciones ideológicas- es menospreciada por algunas élites políticas, sociales e, incluso, religiosas: algunos políticos la califican de mera superstición, ciertos agentes sociales la interpretan como simples expresiones folklóricas y no faltan sacerdotes que la valoran como elementales devociones locales alejadas de la liturgia y, a veces, como opuestas al espíritu de recogimiento que debe imperar en las celebraciones eclesiales. Aunque es cierto que, en ocasiones, estos juicios se apoyan en análisis de hechos contrastados, también es verdad que, con frecuencia, son generalizaciones carentes de rigor e impulsadas por prejuicios escasamente razonados. Este comentario prescinde de los principios teológicos, de los criterios litúrgicos y de las pautas pastorales que, como es sabido, no pertenecen al ámbito de mis competencias profesionales sino que corresponden a los especialistas de estas disciplinas que, sin duda alguna, abundan en la Diócesis de Cádiz y Ceuta. Soy consciente, por lo tanto, de los límites de esta parcial, breve e incompleta reflexión.

En mi opinión, la Semana Santa Gaditana posee, al menos, tres valores humanos que deberíamos ponderar con el fin de evitar juicios negativos infundados: En primer lugar, hemos de tener en cuenta que las hermandades y cada una de las imágenes de sus respectivos titulares son portadores de valores humanos importantes en nuestra cultura y de algunas virtudes decisivas para lograr la felicidad individual e imprescindibles en la conservación del bienestar familiar y social como, por ejemplo, la paciencia, la humildad, el perdón, la misericordia, la paz, el amor, la compasión, la esperanza, el silencio, la palabra, la caridad o la gracia.

En segundo lugar, hemos de tener en cuenta las múltiples cualidades de estas muestras de belleza que son el resultado de la inspiración, del ingenio y de las habilidades de nuestros artistas y de las destrezas de nuestros artesanos. Repasemos la amplia gama de la imaginería, de bordados, de ornamentos, de orfebrería -faroles, ciriales, candelabros, ánforas- o la sobriedad de las marchas fúnebres, la hondura de las saetas, la agudeza del toque de clarines e, incluso, el rotundo sonido de los tambores. Recordemos que, desde la teoría aristotélica, que fue ampliamente aceptada por la Filosofía, aplicada durante el Barroco, analizada por las diferentes corrientes modernas e, incluso, justificada por las investigaciones neurológicas contemporáneas, las luces, los colores, los sonidos, las melodías, los ritmos y los silencios transmiten unas sensaciones que se asocian a los sentimientos y éstos conectan con los pensamientos que orientan y estimulan nuestros comportamientos. Todos ellos, reunidos, configuran diferentes modelos de vida y, por lo tanto, distintas concepciones del bienestar y de la felicidad. Es sabido que las sensaciones, las emociones y las ideas influyen y determinan las actitudes y orientan las conductas personales y sociales. En mi opinión, sin embargo, el valor humano más importante de estas manifestaciones es, precisamente, su condición de «hermandades», de «cofradías» laicas -no clericales- cuya esencia y funcionamiento estriban en la comunicación, en la colaboración y en la convivencia de quienes se sienten reunidos y actúan como «co-frades», como hermanos, en una sociedad actual en la que prevalece el individualismo.


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